La Coctelera

Categoría: Mi Guarida de Luis Felipe Arrazola

Un hombre solo

En el oscuro abismo de su alma
rumiaba su tristeza un hombre solo,
sangrando su corazón por las heridas
buscaba en el silencio algo de calma....



Mas pensando en voz alta sus pesares
gritaba sin salir su voz urgente,
y los gritos desgarrados del silencio
se perdían en el fondo de su mente
Y negabase a sí mismo su existencia
y lloraba por amor que no tenia,
mas buscaba la muerte con anhelo
al creer que solo eso merecía...



Y clamando con sus manos hacia el cielo
con sus ojos buscando el infinito...
le pedía al ser supremo que allí habita,
por favor que termine su tormento...
y gritaba cada noche, cada día,
sus deseos de morir en el momento...



Mas de pronto el señor con voz de trueno
enojado de escuchar tantos lamentos,
le quito la voz por un momento
y le dio la luz a sus sentidos...


Y vio el hombre a una mujer
que sufría mas que él en sus tristezas,
que a pesar de sus penas y amarguras
en su cara reflejaba su grandeza...



Y pudo conocer también su alma,
su pensar, su valentía, sus arrojos...
y olvidó aquel hombre sus tormentos
con tan solo mirar aquellos ojos.



¡¡No podía creer tanta ternura!!
... Estiraba sus manos por tocarla
mas de pronto se dio cuenta que la amaba,
que tendría que luchar por alcanzarla...



El milagro sucedió en un momento
y la luz como un fulgor entró en sus ojos,
cuando de repente la vio aparecer,
y su risa apareció como un torrente,
el que nadie podía detener...

Y gritaba al mundo su alegría
hablando de su amor y entereza,
construyendo mil castillos con sus sueños...
Donde viva eternamente su princesa.
Ya no encuentra las palabras para amarla
ni un espacio donde hoy su amor estanca...
Solo sabe que esa mujer de otros tiempos
de la cual huyó con desesperanza...

Es hoy su estrella perdida

la cual lleva como nombre...

Alicia.

El bigote del tigre ll

A la noche siguiente, Yun Ok volvió a la montaña, esta vez un poco más cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un bol de comida.
Todas las noches Yun Ok fue a la montaña, acercándose cada vez más a la cueva, unos pasos más que la noche anterior.
Poco a poco, el tigre se acostumbró a verla allí.
Una noche, Yun Ok se acercó a pocos pasos de la cueva del tigre.
Esta vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente, y esta vez estaban tan cerca que Yun Ok pudo hablar al tigre con una voz suave y tranquilizadora.
La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de Yun Ok, el tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cuando Yun Ok iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en el camino.
Cuando el tigre había comido, Yun Ok podía acariciarle suavemente la cabeza con su mano. Casi seis meses habían pasado desde la noche de su primera visita. Al fin
al, una noche, después de acariciar la cabeza del animal, Yun Ok dijo:
- "Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. ¡No te enojes conmigo!" Y le arrancó uno de los bigotes.
El tigre no se enojó, como ella temía. Yun Ok bajó por el camino, no caminando sino corriendo, con el bigote aferrado fuertemente en la mano.
A la mañana siguiente, cuando el sol asomaba desde el mar, ya estaba en la casa del ermitaño de la montaña.
- ¡Oh, Famoso! -gritó-. ¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote del tigre! Ahora puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.
El ermitaño tomó el bigote y lo examinó. Satisfecho, pues realmente era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea.
- ¡Oh señor! -gritó la joven mujer, angustiada- ¡Qué hiciste con el bigote!
- Dime como lo conseguiste -dijo el ermitaño.
- Bueno, fui a la montaña todas las noches con un bol de comida. Al principio
me mantuve lejos, y me fui acercando poco cada vez, ganando la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora para hacerle entender que sólo deseaba su bien.
Fui paciente. Todas las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. Fui una y otra vez.
Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí.
Llegó un momento en que me esperaba en el camino y comía del bol que yo llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de alegría con la garganta.
Sólo después de eso le saqué el bigote.
- Sí, sí -dijo el ermitaño-, domaste al tigre y te ganaste su confianza y su amor.
- Pero tú arrojaste el bigote al fuego -exclamó Yun Ok llorando-.
¡Todo fue para nada!
- No, no me parece que todo haya sido para nada -repuso el ermitaño-.
Ya no hace falta el bigote. Yun Ok, déjame que te pregunte algo:
¿es acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y
la comprensión?
Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido.
Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. Luego avanzó por el camino reflexionando sobre la verdad que había aprendido en casa del ermitaño de la montaña..."

El bigote del tigre l

Una mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de la montaña en busca de ayuda.

El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y pociones mágicas.
Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de la chimenea que estaba mirando dijo:
- ¿Por qué viniste?
Yun Ok respondió:
- Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción!
- Sí, sí, ¡hazme una poción! ¡Todos necesitan pociones!

¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción ?
- Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estaré verdaderamente perdida.
- Bueno, ¿cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a escucharla.
- Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él.
Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra.
Ahora que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie.
Si yo hablo, no parece oír.
Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación.
A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.
- Si, así ocurre a veces cuando los jóvenes vuelven a su casa después de la guerra -dijo el ermitaño-, Prosigue.
- No hay nada más que decir, Ilustrado. Quiero una poción para darle a mi marido, así se vuelve cariñoso y amable,
como era antes.
- !Ja! Tan simple, ¿no? -replicó el ermitaño-. ¡Una poción!
Muy bien, vuelve en tres días y te diré qué nos hará falta para esa poción.

Tres días más tarde, Yun Ok volvió a la casa del sabio de la montaña.
- Lo he pensado -le dijo-. Puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente principal es el bigote de un tigre vivo.
Tráeme su bigote y te daré lo que necesitas.

- ¡El bigote de un tigre vivo! -exclamó Yun Ok-. ¿Cómo haré para conseguirlo?
- Si esa poción es tan importante, obtendrás éxito -dijo el ermitaño.
Y apartó la cabeza, sin más deseos de hablar.
Yun Ok se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote del tigre. Hasta que una noche, cuando su marido estaba dormido, salió de su casa con un bol de arroz y salsa de carne en la mano. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre.
Manteniéndose alejada de su cueva, extendió el bol de comida, llamando al tigre para que viniera a comer.
El tigre no vino...

El bigote del tigre ll

Estar enamorados

Estar enamorado, amigos,

es encontrar el nombre justo de la vida.

Es dar al fin con la palabra

que para hacer frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta

que abre la cárcel en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra

con una fuerza que reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento

que por encima de la carne se respira.

Es contemplar desde la cumbre

de la persona la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos

una mirada verdadera que nos mira.

Es escuchar en una boca

la propia voz profunda­mente repetida.

Es sorprender en unas manos

ese calor de la perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre,

la soledad de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado, amigos,

es descubrir dónde se juntan cuerpo y alma.

Es percibir en el desierto

a cristalina voz de un río que nos llama.

Es ver el mar desde la torre

donde ha quedado prisionera nuestra infancia.

Es apoyar los ojos tristes

en un paisaje de cigüeñas y campanas.

Es ocupar un territorio

donde conviven los perfumes y las armas.

Es dar la ley a cada rosa

y al mismo tiempo recibirla de su espada.

Es confundir el sentimiento

con una hoguera que del pecho se levanta.

Es gobernar la luz del fuego

y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.

Es entender la pensativa

conversación del cora­zón y la distancia.

Es encontrar el derrotero

que lleva al reino de la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos,

es adueñarse de las noches y los días.

Es olvidar entre los dedos

emocionados la cabeza distraída.

Es recordar a Garcilaso

cuando se siente la can­ción de una herrería.

Es ir leyendo lo que escriben

en el espacio las primeras golondrinas.

Es ver la estrella de la tarde

por la ventana de una casa campesina.

Es contemplar un tren que pasa

por la montaña con las luces encendidas.

Es comprender perfectamente

que no hay fron­teras entre el sueño y la vigilia.

Es ignorar en qué consiste

la diferencia entre la pena y la alegría.

Es escuchar a medianoche

la vagabunda confe­sión de la llovizna.

Es divisar en las tinieblas

del corazón una pe­queña lucecita.

Estar enamorado, amigos,

es padecer espacio y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana

con el secreto de las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo

y estar unido con las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas

o si son propias las lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente

las aguas turbias del torrente de la angustia.

Es compartirla luz del mundo

y al mismo tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse

de que la luna todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma

que la tarea de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre

y en adelante no volver a decir nunca.

Y es además, amigos míos,

estar seguro de tener las manos puras.

Besos Vampiricos para todos.