Hoy estaba mirando fotos de la infancia de mis hijos y he pensado con gran nostalgia: Donde se quedaron esos pequeños seres tan dulces y cariñosos, para los cuales su madre era el eje del mundo.
Cada día entiendo menos su forma de ser, sus cambios de humor y esa prepotencia que tienen al hablar. Ellos creen que están siempre en poder de la verdad y que nosotros sus padres, somos los que estamos equivocados.
Lucho a diario para comprenderlos y disculparlos, pero a menudo me pregunto ¿Dónde están esos pequeños seres tan maravillosos? Y no tengo respuestas para darme, y es entonces cuando me asaltan las dudas ¿Qué hice mal? ¿En que me equivoque?
Antes de que naciera la mayor cuando aún era una partícula de vida que latía dentro de mí, cuando trataba de adivinar su cara, y su cuerpecito empezaba a tomar forma en mis sueños, a menudo me preguntaba si sería capaz de responder a sus necesidades. Después de su nacimiento cuando llegué a casa y la puse en su cuna, ¡que le quedaba enorme! La vi tan pequeña, tan indefensa… Creo que ahí empecé a sufrir como madre.
El pequeño ya se encontró el camino un poco más fácil; ya no me despertaba por unas pequeñas décimas de fiebre por la noche. Ya no salía corriendo al medico al primer estornudo.
Ahora que ya son mayores, si consiguiera que me escucharan les diría que se fijen metas y que intenten por todos los medios alcanzarlas, pero que sobre todo tienen la obligación de ser felices, porque solo así podrán hacer felices a los que les rodean. Que tienen el bien más preciado que existe, que es la vida y por lo tanto tienen que vivir plenamente cada segundo que esta les brinda.
Pero sobre todo que no es más feliz el que más cosas tiene, sino el que menos envidia a los demás.
Y… que si alguna vez tienen dudas, que me busquen en sus recuerdos, que allí seguro que me encontrarán.