Antes de comenzar quiero aclarar que quizás yo no sea el estereotipo del hombre que disfruta del verano.

Siempre me sentí mas identificado
con el invierno,
el frío, la lluvia, los tangos de Piazzolla, los
poemas de Cipe Lincovsky, el diazepam
y de vez en cuando una copita de
cianuro después de
las comidas.
Es normal que me pregunte al ver a la gente tomando sol en las plazas,
qué habrán hecho de malo en la vida para someterse a ese castigo de
rostizarse al rayo del febo.
Si el sol hace bien, es fuente de vitaminas y otros beneficios, ¿por
qué yo quedo todo rojo, me salen ampollas y se me cae la piel a
jirones?

Lo primero en tomar color tomate es mi brazo izquierdo porque es el
que apoyo en la ventanilla durante las cuatro horas de la ruta 2, por
lo tanto imaginen lo que es para mí la playa.
Un enorme desierto, sin plantas ni vida alguna, rodeada de una enorme
masa de agua marrón, llena de sal y nauseabunda de donde afloran
monstruos horribles tales como pulpos o calamares
. Si no conociera el
mar seguramente creería que es un escenario de ficción creado por una
mente maquiavélica como la de Edgar Allan Poe o Lovecraft.